Cuando una rabieta ya está en marcha, hay algo importante que conviene asumir cuanto antes: el niño ha superado su capacidad de control. No está en un punto desde el que pueda elegir mejor, portarse distinto o “hacer caso”. Ha llegado a un límite interno.

A partir de ahí, muchas respuestas habituales dejan de tener sentido. No porque sean malas en sí, sino porque llegan tarde. Durante una rabieta no estamos gestionando una conducta, estamos acompañando un desborde.

Esto cambia el foco. Ya no se trata de corregir, sino de no añadir más carga a un sistema que ya está saturado.

Durante una rabieta, no se busca que termine

Uno de los errores más comunes es medir lo que hacemos por si la rabieta dura más o menos. Esa lógica suele generar mucha frustración en el adulto: “si lo estoy haciendo bien, ¿por qué no se calma?”

Una rabieta puede durar aunque el adulto esté presente, tranquilo y disponible. Eso no invalida la respuesta. Significa que el cuerpo del niño necesita tiempo para volver a un nivel manejable. No hay atajos emocionales.

Cuando el objetivo es “que pare”, el adulto suele empezar a probar cosas cada vez más intensas: hablar más alto, insistir más, cambiar de estrategia, amenazar, distraer. Ese movimiento constante, aunque comprensible, suele mantener el sistema activado.

Durante el pico emocional, el objetivo no es el silencio ni el orden. Es atravesar el momento sin romper el vínculo.

Qué sí tiene sentido hacer

No existe una forma única de acompañar una rabieta, pero sí hay principios que tienden a sostener más de lo que desgastan.

Presencia tranquila y previsible.
Estar cerca, visible, disponible. No para intervenir todo el tiempo, sino para que el niño no tenga que enfrentarse solo a algo que no puede manejar. La previsibilidad del adulto —no irse, no desbordarse— es en sí misma reguladora.

Menos palabras, más coherencia.
Durante una rabieta, el exceso de lenguaje suele saturar más. Frases cortas, repetidas si hace falta, sin añadir nuevas explicaciones. No se trata de convencer, sino de acompañar.

Límites claros cuando son necesarios.
Si algo no es seguro o no es posible, el límite se mantiene. No se negocia ni se argumenta en ese momento. Mantener el límite no es castigar; es ofrecer un marco estable cuando todo lo demás está fuera de control.

Contacto solo si el niño lo acepta.
Algunos niños buscan brazos o cercanía física. Otros no toleran el contacto cuando están desbordados. Forzar el contacto “porque debería calmarse” puede aumentar la sensación de invasión. Observar y respetar esta señal es parte del acompañamiento.

Reducir estímulos externos.
Si es posible, bajar el ruido, el movimiento, las miradas. No siempre se puede, pero cuando se logra, el cuerpo del niño suele tener más margen para empezar a bajar.

Qué suele empeorar las cosas (aunque se haga con buena intención)

Muchas respuestas habituales nacen del deseo sincero de ayudar o de poner orden. Aun así, suelen añadir presión en un momento en el que ya hay demasiada.

Razonar en pleno desborde.
Explicar, convencer o pedir reflexión cuando la emoción está arriba rara vez funciona. El niño no está en un estado desde el que pueda procesar argumentos. Insistir suele prolongar la rabieta o intensificarla.

Amenazar o castigar para que pare.
Estas respuestas pueden cortar la conducta externa, pero no ayudan a regular lo interno. A menudo introducen miedo, desconexión o resentimiento, y dejan intacta la dificultad emocional.

Buscar soluciones rápidas solo para apagar la escena.
Distracciones forzadas o pantallas pueden calmar por fuera, pero no ayudan al niño a entender ni a atravesar lo que siente. Cuando se convierten en la única salida, se pierde una oportunidad de aprendizaje emocional.

Responder desde la prisa o la vergüenza.
Cuando el adulto actúa solo para que la rabieta termine cuanto antes —especialmente en público—, el niño suele percibir más tensión, no más apoyo. La urgencia del adulto se suma al desborde del niño.

Acompañar no es ceder

Este punto suele generar mucha confusión. Acompañar una rabieta no significa eliminar límites ni permitir cualquier cosa. Significa no confundir emoción con norma.

La emoción necesita sostén.
La norma, si existe, necesita coherencia.

Cuando el adulto intenta cortar la emoción para imponer la norma, suele acabar luchando contra algo que no se puede apagar por fuerza. Separar estas dos cosas permite sostener al niño sin renunciar a los límites importantes.

Lo que realmente se está construyendo

Durante una rabieta, el niño no está aprendiendo a comportarse mejor. Está registrando algo más profundo: qué ocurre cuando pierde el control.

Está aprendiendo si en ese momento queda solo, si el adulto desaparece, si la relación se rompe o si, pese a la incomodidad, hay alguien que se mantiene disponible.

La regulación emocional no se enseña durante la rabieta, pero se modela en cada una. No se ve a corto plazo, pero deja huella.

Cuando la rabieta termina

Cuando el cuerpo empieza a bajar, no siempre hace falta hablar de lo ocurrido ni extraer conclusiones inmediatas. A veces basta con volver poco a poco a la normalidad, recuperar el ritmo, ofrecer cercanía si el niño la busca.

Las conversaciones, los límites y los aprendizajes funcionan mejor fuera del pico emocional, cuando el niño vuelve a tener acceso a sus recursos.

Acompañar una rabieta no es agradable ni rápido. Es una de esas tareas silenciosas que no lucen y que rara vez reciben validación externa. No se trata de apagar el incendio, sino de no avivarlo mientras el niño aprende, poco a poco, a manejar lo que hoy aún lo supera.

En el siguiente artículo veremos por qué hablar no funciona en medio de una rabieta y cómo elegir mejor el momento para enseñar sin añadir más frustración.

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