Cuando un niño tiene una rabieta, una de las reacciones más habituales del adulto es hablar. Explicar, razonar, pedir calma, intentar que “entienda”. Muchas veces no se hace desde la impaciencia, sino desde una intención genuina: ayudarle a hacerlo mejor.

El problema es que, en medio de una rabieta, hablar suele llegar al lugar equivocado.

En una rabieta, el niño no está disponible para escuchar

Durante una rabieta, el niño no está distraído ni desobediente. Está desbordado. La emoción ha superado su capacidad de control y, en ese punto, el cuerpo toma el mando.

Cuando esto ocurre, las funciones que permiten escuchar, comprender y reflexionar quedan en segundo plano. No porque el niño no quiera atender, sino porque no puede hacerlo en ese momento. Pedirle que escuche, razone o se calme es pedirle algo que está fuera de su alcance inmediato.

Esto explica por qué repetir lo mismo una y otra vez no suele funcionar, y por qué incluso frases bien intencionadas pueden provocar más frustración.

Explicar no es lo mismo que acompañar

Hablar mucho durante una rabieta puede dar la sensación de estar haciendo algo útil. Sin embargo, acompañar no significa llenar el silencio de palabras.

Acompañar es estar, no convencer.
Es ofrecer presencia cuando el niño no puede sostenerse solo, no intentar que entienda algo que ahora mismo no puede procesar.

Cuando el adulto insiste en explicar, suele hacerlo desde la lógica. Pero el niño, en ese momento, está funcionando desde la emoción. Son dos planos distintos que no se encuentran.

Cuando insistimos en hablar, solemos escalar la situación

Muchas rabietas se alargan no solo por lo que siente el niño, sino por lo que ocurre alrededor. Cada nueva explicación, cada intento de corrección o cada frase añadida puede convertirse en un estímulo más que el sistema del niño tiene que procesar.

El resultado no es más comprensión, sino más saturación.

Esto no significa que hablar sea malo, sino que el momento importa. Hay instantes para explicar y otros en los que el silencio, la presencia o una frase muy simple son mucho más eficaces.

El aprendizaje necesita otro momento

Aprender a manejar la frustración, respetar un límite o expresar lo que se siente son aprendizajes importantes. Pero no se consolidan en pleno pico emocional.

El aprendizaje ocurre cuando el niño ya ha recuperado cierto equilibrio, cuando puede escuchar sin sentirse invadido y cuando el adulto no está reaccionando desde la urgencia.

Por eso, muchas veces lo más respetuoso es guardar las palabras para después.

Qué sí suele ayudar en lugar de hablar

Cuando el lenguaje no llega, otras cosas sí lo hacen.

  • Presencia tranquila, sin discursos largos.
  • Frases breves y repetidas, si hacen falta, que no añadan información nueva.
  • Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
  • Tiempo, sin intentar acelerar el proceso.

Estas respuestas no enseñan una lección inmediata, pero crean un entorno en el que el niño puede volver poco a poco a sí mismo.

Hablar menos no es rendirse

A muchos adultos les cuesta dejar de explicar porque sienten que, si no hablan, están renunciando a educar. En realidad, ocurre lo contrario.

Elegir no hablar en medio de una rabieta es una forma de respetar el estado emocional del niño y de proteger el vínculo. La educación no desaparece; simplemente se traslada al momento adecuado.

Primero regular, luego enseñar

Entender esto cambia mucho la experiencia de las rabietas. No porque las haga fáciles, sino porque libera al adulto de una tarea imposible: hacer entender a alguien que, en ese momento, no puede entender.

Primero viene la regulación.
Después, cuando el cuerpo se calma, llega el espacio para hablar, explicar y aprender.

En el siguiente artículo veremos cuándo una rabieta entra dentro de lo normal y cuándo conviene pedir ayuda, para seguir ampliando la mirada sin alarmismo.

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