Es una de las frases más comunes en la crianza. Sale sola, casi sin pensar. El niño llora, se cae, se frustra… y el adulto responde: “no pasa nada”.
La intención suele ser buena: tranquilizar, proteger, hacer que el momento pase rápido. Pero muchas veces, lejos de calmar, el llanto continúa o incluso aumenta.

No es porque el niño sea “dramático”. Es porque esa frase no llega donde está la emoción.

Lo que intentamos hacer cuando decimos “no pasa nada”

Cuando un adulto dice “no pasa nada”, normalmente quiere decir otra cosa:

  • “Estoy aquí”.
  • “No es peligroso”.
  • “Todo va a estar bien”.

El problema es que el niño pequeño no traduce la frase. No la interpreta desde la lógica adulta. La recibe tal como suena, desde el cuerpo y la emoción que ya están activados.

Y ahí es donde se produce el choque.

La emoción no escucha argumentos

Cuando un niño llora, su cuerpo ya está en alerta. Su sistema nervioso está activado y todavía no tiene herramientas para calmarse solo. En ese estado, las palabras explicativas no regulan.

Decir “no pasa nada” es una frase racional. Pero la emoción no se calma con razones, sino con señales de seguridad.
Tono de voz, cercanía, ritmo lento. Eso es lo que el cuerpo del niño puede percibir en ese momento.

Por eso, aunque la frase sea tranquila, si no va acompañada de presencia real, no tiene efecto calmante.

El mensaje que el niño puede recibir sin querer

Sin intención, “no pasa nada” puede transmitir algo distinto a lo que el adulto quiere decir. Para el niño, a veces suena a:

  • “Esto que sientes no es importante”.
  • “No deberías sentirte así”.
  • “Deja de llorar”.

No porque el adulto lo piense así, sino porque la emoción del niño sigue ahí y no encuentra espacio. El cuerpo siente una cosa y las palabras dicen otra.

Cuando eso ocurre, el niño no se calma. Se siente incomprendido.

Calmar no es cerrar rápido

Muchas veces usamos esa frase porque nos incomoda el llanto. Porque queremos que termine. Porque no sabemos qué hacer o porque estamos cansados. Es comprensible.

Pero acompañar una emoción no significa eliminarla cuanto antes. Significa permitir que exista el tiempo justo para que el cuerpo del niño baje la intensidad.

A veces, calmar es simplemente quedarse cerca. Sin explicar. Sin negar. Sin apurar.

Qué ayuda más que cambiar de frase

No se trata de encontrar las “palabras correctas”. Cambiar “no pasa nada” por otra frase no funciona si todo lo demás sigue igual.

Lo que más calma es:

  • Un adulto que baja el ritmo.
  • Una voz que no compite con el llanto.
  • Una presencia que no se va ni invade.
  • Un silencio que acompaña.

El niño no necesita que le convenzan de que no pasa nada. Necesita sentir que lo que pasa puede sostenerse en la relación.

Una frase heredada, no un error personal

Muchos adultos dicen “no pasa nada” porque así les hablaron a ellos. No es una falta de sensibilidad, es una herencia emocional. Nadie nos enseñó otra cosa.

Mirar esto no es para culparse, sino para entender. Porque cuando entendemos por qué algo no funciona, aparece la posibilidad de hacerlo distinto.

Para llevarte hoy

Decir “no pasa nada” no calma porque intenta resolver con palabras lo que primero necesita presencia.

A veces, el mayor alivio para un niño no es escuchar que todo está bien, sino sentir que no está solo mientras no lo está.

¡Comparte esta historia, elige tu plataforma!