El miedo a la oscuridad aparece en muchas casas casi de repente. Un día tu hijo se iba a dormir sin problema y, al siguiente, la luz ya no puede apagarse, la habitación “no es segura” y los monstruos parecen muy reales.

No es un retroceso ni un capricho. Tampoco significa que estés haciendo algo mal.

En la etapa preescolar, el miedo forma parte del desarrollo emocional. Este artículo no busca eliminarlo a toda prisa, sino entender qué hay detrás y cómo acompañar a tu hijo para que pueda sentirse seguro… incluso cuando algo le asusta.

El miedo a la oscuridad es parte del desarrollo infantil

Entre los tres y los seis años, la mente del niño cambia de forma profunda. Empieza a imaginar, a anticipar, a conectar ideas que antes no existían. Esa nueva capacidad es una gran conquista, pero también abre la puerta a miedos que antes no estaban.

La oscuridad no asusta por sí sola. Asusta porque deja espacio a lo desconocido.

De día, la casa es predecible. De noche, las sombras cambian, los ruidos se amplifican y la presencia del adulto se reduce. Para un niño pequeño, ese contexto puede resultar inquietante, incluso aunque sepa a nivel racional, que está a salvo.

Por eso, el miedo nocturno no indica debilidad ni inmadurez. Indica que el niño está desarrollando su mundo interno.

Cuando entendemos el miedo como una señal de crecimiento, cambia la forma de responder. Ya no se trata de apagarlo rápido, sino de ayudar al niño a atravesarlo con seguridad, sabiendo que sus emociones tienen un lugar y que no está solo cuando aparecen.

Por qué “no pasa nada” no suele funcionar

Cuando un niño dice que tiene miedo, muchas veces respondemos con la mejor intención: tranquilizarlo rápido.

  • “ No pasa nada.”
  • “ No hay nada.”
  • “ No tengas miedo.”

Pero en la mayoría de los casos, esas frases no alivian. A veces incluso hacen que el miedo crezca.

La razón es sencilla: el miedo no vive en la parte lógica del cerebro. Vive en el cuerpo. Y cuando el cuerpo está en alerta, las explicaciones racionales no llegan.

Para el niño, lo que está sintiendo es real, aunque lo que imagina no lo sea. Cuando le decimos que “no pasa nada”, el mensaje que puede recibir no es calma, sino desconexión: lo que siento no importa o no me están entendiendo.

Además, por la noche, el cerebro está cansado. La capacidad de razonar baja y la necesidad de contacto aumenta. En ese momento, el niño no busca una explicación convincente, sino una señal de seguridad.

Lo que suele funcionar mejor no es negar el miedo, sino acompañarlo sin amplificarlo:

  • reconocer que siente algo incómodo
  • mantener un tono tranquilo
  • permanecer cerca

Frases simples como:

  • “Veo que tienes miedo”
  • “Estoy aquí”
  • “Ahora estás a salvo”

no eliminan el miedo al instante, pero ayudan a que el cuerpo empiece a relajarse. Y cuando el cuerpo baja la intensidad, la mente puede seguirle.

A partir de ahí, el miedo pierde fuerza poco a poco, sin necesidad de combatirlo.

Qué representan los “monstruos” para un niño

Cuando un niño habla de monstruos, no está describiendo algo que cree real en el mismo sentido que un adulto entiende la realidad. Está poniendo forma a una emoción que todavía no sabe explicar de otra manera.

A esta edad, la imaginación es intensa y viva. El niño ya no solo percibe lo que ve, sino que empieza a crear imágenes internas. Y cuando algo le inquieta como un ruido, una sombra o una sensación nueva, esa inquietud busca una forma reconocible.

Los monstruos no son el problema. Son el lenguaje.

Representan:

  • lo desconocido
  • la sensación de estar solo
  • la pérdida momentánea de control
  • emociones que aparecen sin aviso

Por eso, intentar convencer al niño de que los monstruos “no existen” suele ser poco eficaz. No está hablando de un ser concreto, sino de lo que siente cuando se apaga la luz.

Cuando entendemos esto, cambia la forma de responder. En lugar de discutir la realidad del monstruo, podemos escuchar lo que hay detrás.

A veces basta con preguntar:

  • “¿Qué es lo que más te asusta?”
  • “¿Cuándo aparece?”
  • “¿Qué crees que necesitaría para irse?”

Nombrar el miedo y darle palabras lo hace más manejable. El monstruo deja de ser una amenaza difusa y se convierte en algo que puede ser acompañado, entendido… y con el tiempo, transformado.

El miedo no desaparece porque lo neguemos. Empieza a perder fuerza cuando el niño siente que alguien comprende lo que está viviendo.

Cómo acompañar el miedo sin alimentarlo

Acompañar el miedo no significa confirmar que hay peligro. Tampoco significa ignorarlo. Entre ambas cosas existe un punto clave: validar la emoción sin reforzar la amenaza.

Cuando decimos:

  • “Entiendo que te dé miedo”
  • “Veo que estás asustado”

estamos validando lo que siente.

Pero cuando añadimos:

  • “Es normal, da mucho miedo ahí”
  • “Yo también tendría miedo”

podemos estar reforzando la idea de que realmente hay algo peligroso.

La diferencia es sutil, pero importante.

Acompañar bien implica:

  • mantener un tono tranquilo
  • no exagerar la situación
  • no entrar en largas explicaciones
  • no dramatizar

El mensaje central que el niño necesita recibir es: la emoción es intensa, pero manejable.

Ayuda mucho centrarse en el aquí y ahora:

  • “Ahora estás en tu cama”
  • “La luz está encendida”
  • “Estoy contigo”

Y evitar preguntas que abran más imágenes (“¿qué viste?”, “¿dónde estaba?”) cuando el miedo ya está activado.

El adulto no tiene que convencer. Tiene que regular.
Cuando la presencia es estable y calmada, el cuerpo del niño empieza a relajarse. Y cuando el cuerpo baja la intensidad, el miedo pierde fuerza sin necesidad de luchar contra él.

Ese es el equilibrio: acompañar lo que siente… sin darle más poder del que ya tiene.

Rutinas que ayudan a reducir el miedo antes de dormir

Antes de que aparezca el miedo, hay algo que marca una gran diferencia: la previsibilidad. Para muchos niños, saber qué viene después es una forma muy poderosa de sentirse seguros.

Las rutinas no eliminan el miedo por sí solas, pero bajan la intensidad con la que aparece.

Una rutina de noche que aporta seguridad suele tener tres elementos:

  • repetición
  • calma
  • presencia

No necesita ser larga ni perfecta. Necesita ser siempre parecida.

Algunas ideas que suelen ayudar:

  • apagar las luces siempre en el mismo orden
  • leer el mismo tipo de cuento (mejor si es predecible y tranquilo)
  • dedicar unos minutos a hablar del día
  • dejar una luz tenue encendida
  • permitir un objeto de apego

Lo importante no es el ritual en sí, sino el mensaje que transmite: este momento es conocido y seguro.

Evitar cambios constantes también ayuda. Cuando cada noche es distinta (un día cuento, otro pantalla, otro prisas) el cerebro del niño tiene más dificultad para relajarse.

Con el tiempo, la rutina se convierte en un ancla emocional. El cuerpo empieza a reconocer que se acerca el descanso y baja la alerta antes de que el miedo tome protagonismo.

Y cuando el miedo aparece en un entorno ya calmado, resulta mucho más fácil de atravesar.

Qué hacer cuando se despierta asustado por la noche

Cuando el miedo aparece de madrugada, todo se siente más grande. El silencio, la oscuridad, el cansancio… y también la emoción. Para el niño, despertarse asustado puede ser tan intenso como el miedo antes de dormir.

En ese momento, la forma en que respondemos importa más que lo que decimos.

Lo primero es mantener la calma. No hace falta encender todas las luces ni iniciar largas conversaciones. Cuanto más neutra y estable sea la respuesta, más fácil será que el miedo no escale.

Suele ayudar:

  • hablar en voz baja
  • moverse despacio
  • repetir frases breves y conocidas
  • quedarse cerca el tiempo justo

Por ejemplo:

  • “Estoy aquí”
  • “Ahora estás a salvo”
  • “Es de noche, estás en tu cama”

El objetivo no es distraer ni convencer, sino acompañar hasta que el cuerpo vuelva a calmarse.

Si el niño necesita contacto, se puede ofrecer sin dramatizarlo. Y cuando la respiración se hace más lenta y el cuerpo se relaja, es buen momento para ayudarle a volver a dormirse en su espacio, sin prisas pero sin crear una dependencia nueva cada noche.

Con el tiempo, estas respuestas repetidas envían un mensaje claro:
cuando tengo miedo, alguien me acompaña… y luego todo vuelve a estar bien.

Ese aprendizaje es una de las bases más sólidas para que el miedo nocturno vaya perdiendo fuerza.

El papel del adulto: la calma también se contagia

Cuando un niño tiene miedo, no solo busca palabras tranquilizadoras. Busca señales. Y la más potente es el estado emocional del adulto que tiene delante.

Los niños pequeños regulan sus emociones a través de las nuestras. Si el adulto se tensa, se acelera o transmite prisa, el cuerpo del niño interpreta que hay algo de lo que preocuparse. Si el adulto se mantiene sereno, el mensaje es otro: esto es manejable.

Por eso, muchas veces, el trabajo empieza antes de acercarnos a la cama del niño. Empieza en cómo respiramos, cómo hablamos y cómo nos movemos.

No se trata de no sentir cansancio o irritación, sino de no dejar que esas emociones lideren la escena.

Gestos sencillos marcan la diferencia:

  • bajar el volumen de la voz
  • moverse con calma
  • evitar frases largas o nerviosas
  • transmitir seguridad con el cuerpo, no solo con palabras

El niño no necesita que el adulto tenga todas las respuestas. Necesita sentir que alguien está regulado mientras él no lo está.

Con el tiempo, esa experiencia se internaliza. Lo que hoy es calma prestada, mañana empieza a convertirse en calma propia.

Cuándo conviene prestar más atención al miedo

En la mayoría de los casos, el miedo a la oscuridad es una etapa pasajera. Aparece, se intensifica durante un tiempo y, con acompañamiento, va perdiendo fuerza.

Pero hay momentos en los que conviene observar un poco más de cerca para entender mejor qué está pasando.

Puede ser buena idea prestar más atención si:

  • el miedo es muy intenso y no disminuye con el tiempo
  • interfiere de forma constante con el descanso
  • aparece también durante el día
  • va acompañado de retrocesos importantes (por ejemplo, pérdida de habilidades ya adquiridas)
  • el niño se muestra muy angustiado incluso con la presencia del adulto

En estos casos, el miedo puede estar conectado con algo más: un cambio reciente, una experiencia estresante, una etapa de mayor sensibilidad emocional.

Pedir orientación profesional no significa que algo vaya mal. Significa querer comprender mejor cómo ayudar.

Un pediatra, un psicólogo infantil o un orientador pueden aportar una mirada externa y tranquila que ayude a acompañar el proceso con más claridad.

La mayoría de las veces, el miedo no necesita ser eliminado, sino entendido y sostenido con un poco más de atención.

El miedo no se elimina: se transforma con acompañamiento

El objetivo no es que el niño deje de tener miedo de un día para otro. El miedo forma parte del desarrollo y, durante un tiempo, cumple su función.

Lo que marca la diferencia no es la ausencia de miedo, sino cómo se atraviesa.

Cuando un niño vive repetidas experiencias en las que:

  • siente miedo
  • es acompañado sin juicio
  • recupera la calma
  • y vuelve a sentirse seguro

algo cambia por dentro. El miedo deja de ser una amenaza incontrolable y se convierte en una emoción que aparece… y se va.

Con el tiempo, el niño va necesitando menos ayuda. No porque el miedo desaparezca por completo, sino porque aprende que puede atravesarlo y volver a estar tranquilo.

Acompañar no es tener prisa por que se le pase. Es estar ahí de forma constante, noche tras noche, hasta que el miedo pierde fuerza por sí solo.

Y cuando eso ocurre, no solo duerme mejor. Empieza a sentirse más seguro consigo mismo.

Fuentes y lecturas para profundizar

Las ideas que aparecen en este artículo están alineadas con enfoques ampliamente utilizados en el desarrollo infantil y la psicología de la infancia. Si quieres profundizar, estas fuentes ofrecen marcos claros y accesibles:

UNICEF
Publica guías y estudios sobre resiliencia infantil, apego seguro y bienestar emocional en la primera infancia, con enfoque práctico y familiar.

Center on the Developing Child at Harvard University
Referente internacional en neurodesarrollo infantil. Sus trabajos explican cómo los niños desarrollan regulación emocional a través de relaciones estables y seguras.

American Academy of Pediatrics
Ofrece recomendaciones basadas en evidencia sobre crianza, manejo de la frustración y desarrollo emocional en niños pequeños.

American Psychological Association
Difunde investigaciones sobre el impacto del tipo de acompañamiento adulto, el error y el refuerzo positivo en la resiliencia infantil.

Daniel J. Siegel
Psiquiatra infantil y divulgador, conocido por su trabajo sobre regulación emocional, apego y el papel del adulto como base segura.

Estas fuentes no sustituyen la experiencia diaria en casa. Aportan contexto a algo que muchos padres ya ven: que el miedo no se elimina con explicaciones, sino con presencia, calma y tiempo.

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