Hay niños que, cuando les preguntas qué les pasa, se quedan en blanco. No porque no tengan emociones, sino porque no saben cómo ponerlas en palabras. Cuanto más insistimos en hablar, más se cierran. Curiosamente, muchas veces es justo cuando dejamos de preguntar y empezamos a jugar cuando algo se desbloquea.

No es que el juego sea una técnica especial ni una forma disfrazada de enseñar emociones. Es que, mientras juegan, los niños no sienten que tienen que explicarse, acertar o hacerlo bien. Están ocupados siendo, no rindiendo. Y en ese espacio sin presión, lo que sienten suele aparecer con más claridad.

Por eso, más que buscar actividades “emocionales”, a veces lo que ayuda es entender por qué el juego crea un lugar seguro y cómo acompañar ahí sin convertirlo en una lección. Este artículo no va de juegos perfectos, sino de pequeñas formas de estar con ellos para que las emociones tengan sitio.

Por qué el juego ayuda cuando hablar de emociones no funciona

Cuando un niño está mal y le pedimos que hable de lo que siente, muchas veces estamos pidiéndole algo que todavía no puede hacer. No porque no tenga emociones, sino porque ponerlas en palabras requiere un nivel de calma y distancia que, en ese momento, no existe.

Hablar implica pensar, ordenar, responder. Y cuando una emoción es intensa, el cuerpo va por delante de todo eso. El niño no está en modo “explicar”, está en modo “sobrevivir a lo que siente”.

El juego cambia ese escenario.

Mientras juega, el niño:

  • No siente que tiene que responder bien
  • No percibe que se espera algo de él
  • No se siente observado ni evaluado

Eso reduce la presión de golpe. En lugar de defenderse o cerrarse, se relaja lo suficiente como para dejar que lo que siente aparezca. No porque el juego enseñe emociones, sino porque le quita peso al momento.

Hay una diferencia importante entre hablar sobre emociones y permitir que estén presentes. El juego pertenece al segundo grupo. No exige, no corrige, no acelera. Simplemente crea un espacio donde el niño puede mostrarse sin tener que explicarse.

Por eso, muchas veces, cuando dejamos de insistir en hablar y entramos en el juego, el niño empieza a expresar más. No con palabras técnicas, sino con gestos, historias, silencios o movimientos. Todo eso también es lenguaje emocional, aunque no siempre lo parezca.

Y ahí el adulto no tiene que hacer gran cosa. No interpretar, no sacar conclusiones rápidas. Solo estar disponible y observar. En ese contexto, acompañar se vuelve mucho más sencillo, porque el niño ya no está a la defensiva.

Juegos sencillos que encajan en la vida real

Cuando se habla de juegos para trabajar emociones, es fácil imaginar actividades preparadas, con tiempo, materiales y un adulto totalmente disponible. La realidad diaria suele ser otra. Por eso, lo importante aquí no es qué juego hacer, sino que encaje sin esfuerzo en lo que ya pasa en casa.

Estos juegos funcionan porque no interrumpen el día ni crean un momento especial que el niño tenga que “aprovechar”. Aparecen de forma natural, se pueden hacer cinco minutos y desaparecer sin problema. No tienen un inicio ni un final claros, y eso les quita presión.

El juego del espejo emocional

Imitar al niño —su postura, su gesto, su forma de moverse— suele generar algo inmediato: se siente visto. No observado, no analizado, sino reflejado.

Cuando un adulto copia con suavidad, el niño muchas veces se detiene, mira y ajusta. A veces baja la intensidad. Otras veces exagera. Ambas cosas son formas de explorar lo que está sintiendo sin necesidad de decirlo.

Aquí no hace falta añadir comentarios ni poner palabras enseguida. El valor está en el reflejo, no en la explicación posterior. El cuerpo hace el trabajo antes que el lenguaje.

Historias incompletas

Las historias permiten hablar sin hablar de uno mismo. Empezar una escena sencilla y dejarla a medias abre un espacio donde el niño puede proyectar lo que lleva dentro sin sentirse expuesto.

No importa si la historia es absurda, corta o repetitiva. Tampoco hace falta dirigirla hacia una emoción concreta. Lo que aparece —miedo, enfado, huida, bloqueo— suele tener más que ver con el momento del niño que con la historia en sí.

Escuchar sin corregir ni buscar moralejas suele ser suficiente. El adulto acompaña mejor cuando no intenta “cerrar” la historia.

Dibujar primero, hablar después (si surge)

El dibujo ofrece una salida cuando las palabras todavía no están disponibles. Dibujar sin consigna, sin tema y sin expectativas permite que el niño se exprese a su ritmo.

Comentar lo que se ve —colores, formas, movimiento— es una forma suave de acompañar sin invadir. A veces el niño añade algo. A veces no. En ambos casos, el proceso ya ha servido para descargar y ordenar un poco lo que estaba dentro.

No hace falta interpretar ni preguntar “qué significa”. Muchas veces no significa nada concreto, y aun así ayuda.

¿Dónde lo notas en el cuerpo?

Hablar del cuerpo suele ser más accesible que hablar de emociones. Señalar zonas, apretar, estirarse o colocar la mano donde “se nota algo” permite que el niño empiece a reconocer sensaciones sin tener que ponerles nombre.

Este tipo de juego no busca precisión. Busca atención. Que el niño empiece a notar que lo que siente tiene un lugar y una forma, aunque todavía no sepa explicarlo.

Cómo acompañar durante el juego sin interferir

En este tipo de juegos, lo que más influye no es la actividad, sino cómo está el adulto mientras sucede. A veces, con buena intención, entramos demasiado rápido: interpretamos, explicamos o intentamos llevar el juego hacia algún sitio concreto. Y sin darnos cuenta, el espacio seguro se encoge.

Durante el juego, el adulto no necesita dirigir ni corregir. Su función principal es no añadir presión.

Suele ayudar cuando el adulto:

  • Describe lo que ve, sin analizarlo
  • Acompaña sin pedir respuestas
  • Mantiene un tono tranquilo y previsible

Decir cosas simples como “ahora va rápido”, “esto se ha parado” o “parece intenso” acompaña sin invadir. No hace falta traducir todo a emociones ni buscar significados ocultos. Muchas veces, eso llega solo más adelante.

En cambio, el juego suele bloquearse cuando el adulto:

  • Interpreta demasiado pronto
  • Hace muchas preguntas seguidas
  • Intenta sacar conclusiones

Preguntar constantemente rompe el ritmo del niño y lo devuelve a un lugar conocido: el de tener que responder bien. Y en ese punto, la expresión espontánea suele desaparecer.

También ayuda recordar que no siempre hay que estar haciendo algo. A veces el mejor acompañamiento es quedarse cerca, mirar, compartir el espacio y dejar que el juego siga su curso. Esa presencia tranquila es, para muchos niños, la base desde la que luego pueden expresar lo que sienten.

El adulto no está ahí para guiar la emoción, sino para no estorbar cuando aparece.

Cuando el niño no quiere jugar

Hay días en los que el niño no quiere jugar contigo. O empieza y a los dos minutos se va. O directamente rechaza cualquier propuesta. Cuando esto pasa, es fácil pensar que algo no está funcionando o que hemos perdido una oportunidad importante.

Pero no querer jugar también es una forma de comunicación.

A veces el niño está cansado, saturado o simplemente necesita estar solo. Otras veces, el juego toca algo sensible y la forma que tiene de protegerse es apartarse. Ninguna de esas respuestas significa que el vínculo esté fallando.

Forzar el juego en esos momentos suele tener el efecto contrario al que buscamos. El niño pasa de sentirse acompañado a sentirse empujado. Y entonces el juego deja de ser un espacio seguro para convertirse en otra exigencia más del día.

Aceptar que hoy no es el momento también es una forma de acompañar. Decir algo como “vale, aquí estoy si luego te apetece” deja la puerta abierta sin presionar. Esa disponibilidad tranquila pesa más que cualquier actividad concreta.

Con el tiempo, el niño aprende algo importante: que puede acercarse y alejarse sin que eso afecte a la relación. Y esa seguridad es, en sí misma, una base emocional muy sólida.

Para llevarse algo claro a casa

No hace falta tener muchos juegos, ni hacerlos bien, ni convertirlos en un momento especial. A muchos niños les ayuda más repetir lo conocido que probar cosas nuevas cada día. Saber qué esperar, reconocer el ritmo y sentir que no hay prisa suele ser más regulador que cualquier actividad concreta.

También conviene soltar una idea que pesa más de lo que parece: jugar no es una herramienta para gestionar emociones. No es algo que se use para conseguir que el niño se calme, hable o entienda. Es, simplemente, una forma de estar juntos sin exigencias.

Cuando el niño siente que no tiene que explicar nada, que no tiene que hacerlo bien y que el adulto no espera un resultado, las emociones encuentran su sitio poco a poco. A veces aparecen en forma de palabras. Otras veces no. Y eso también está bien.

Al final, lo que queda no es el juego en sí, sino la sensación de que hay un espacio compartido donde lo que se siente cabe, incluso cuando todavía no sabe cómo decirse. Ese espacio, repetido en lo cotidiano, es uno de los apoyos emocionales más duraderos que podemos ofrecer.

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