Criar niños resilientes no es enseñarles a aguantar. Es ayudarles a atravesar lo difícil sin sentirse solos.
En la infancia, la resiliencia no se mide por cuánto control tienen, sino por la confianza con la que enfrentan la frustración, el error y las emociones intensas. Esa confianza no aparece de golpe: se construye en gestos pequeños, repetidos, cotidianos.
Estas siete claves no son técnicas ni recetas. Son formas de acompañar que, con el tiempo, ayudan a los niños a sentirse capaces… incluso cuando las cosas no salen como esperaban.
Qué significa realmente que un niño sea resiliente
Cuando hablamos de resiliencia en la infancia, no hablamos de niños “fuertes” que no lloran, que no se enfadan o que parecen no necesitar ayuda. Eso es un malentendido muy común.
En un niño pequeño, ser resiliente no significa aguantarlo todo ni adaptarse sin quejarse. Significa algo mucho más sencillo y, a la vez, más profundo: sentirse capaz de atravesar una emoción difícil sabiendo que no está solo.
Un niño resiliente es un niño que:
- Puede frustrarse sin sentirse desbordado del todo
- Se equivoca y no interpreta el error como un fracaso personal
- Llora, se enfada o se asusta… y luego encuentra la forma de volver a estar en calma
La resiliencia no elimina las emociones incómodas. Las hace transitables.
En la etapa preescolar, el cerebro aún está aprendiendo a regularse. No tienen las herramientas internas para “gestionar” lo que sienten. Por eso, la resiliencia no nace de exigirles autocontrol, sino de vivir repetidas experiencias en las que una emoción aparece… y no rompe nada.
Cuando un niño descubre, una y otra vez, que:
- puede sentirse mal
- puede expresarlo
- y sigue siendo aceptado y acompañado
empieza a construir una seguridad interna muy potente: esto pasa, y yo puedo con ello.
Esa es la base real de la resiliencia en la infancia. No la dureza. No la obediencia. No la madurez precoz.
Sino la experiencia constante de que las emociones vienen, se atraviesan… y se van.
La resiliencia no se enseña con discursos, se construye en lo cotidiano
Ningún niño pequeño se vuelve resiliente porque le expliquemos cómo debería sentirse o comportarse. A esta edad, las palabras largas pesan poco si no están sostenidas por la experiencia.
La resiliencia se forma en escenas pequeñas, repetidas, casi invisibles:
- cuando algo no sale como esperaba
- cuando se frustra jugando
- cuando pierde, se equivoca o se enfada
- cuando necesita ayuda y no llega de inmediato
No se construye en “momentos educativos”, sino en lo que ocurre entre momentos.
A menudo, como adultos, intentamos ayudar demasiado rápido:
- explicamos
- corregimos
- calmamos
- resolvemos
Y aunque la intención es buena, ese rescate constante envía un mensaje silencioso: esto es demasiado para ti.
En cambio, cuando el adulto permanece disponible sin invadir, el niño vive algo distinto. Vive que la emoción puede existir sin que nadie la apague, arregle o juzgue. Que puede sentirse mal un rato… y seguir estando a salvo.
Por eso, criar resiliencia no va de enseñar técnicas, sino de repetir un mismo patrón emocional:
- la emoción aparece
- el adulto no se asusta
- el vínculo se mantiene
- la emoción pierde intensidad
Con el tiempo, el niño no recuerda las palabras que le dijimos. Recuerda la sensación: cuando me pasa algo difícil, no me rompo.
Y desde ahí, sin discursos ni lecciones, empieza a crecer la resiliencia real.
1. Permitir la frustración sin intentar eliminarla
La frustración es una de las primeras emociones difíciles que aparecen con fuerza en la infancia. Un juguete que no funciona, una torre que se cae, una cremallera que no sube… y todo el cuerpo del niño reacciona.
Nuestro impulso suele ser intervenir rápido:
- “No pasa nada”
- “Mira, yo te ayudo”
- “Déjalo, ya lo hago yo”
Lo hacemos por cariño. Pero sin darnos cuenta, muchas veces interrumpimos el proceso que el niño necesita atravesar.
La frustración no es el problema. El problema es cuando el niño siente que no puede sostenerla.
Cuando permitimos que la frustración exista sin minimizarla ni eliminarla de inmediato, le damos al niño un mensaje muy potente: esto es incómodo, pero es manejable.
Permitir no significa abandonar. Significa:
- estar cerca
- observar
- sostener con presencia
- intervenir solo cuando es realmente necesario
A veces basta con una frase sencilla:
- “Veo que te cuesta”
- “Es difícil cuando no sale”
- “Estoy aquí”
En esos momentos, el niño no necesita una solución rápida. Necesita tiempo y acompañamiento para descubrir que la emoción sube… y luego baja.
Cada vez que atraviesa una frustración sin ser rescatado al instante, su confianza interna crece un poco más.
Y sin darse cuenta, está aprendiendo una lección clave para toda la vida: puedo con esto.
2. Nombrar las emociones sin juzgarlas
Cuando un niño pequeño siente algo intenso, no siempre sabe qué le está pasando. Solo siente el cuerpo acelerado, el nudo en la garganta, las ganas de llorar o gritar. Para él, la emoción es confusa y, a veces, abrumadora.
Nombrar lo que siente le da orden interno.
Poner palabras a una emoción no la provoca ni la agranda. Al contrario: la vuelve comprensible. Cuando un adulto dice “estás enfadado” o “te sientes frustrado”, el niño empieza a unir sensaciones con significado.
Pero aquí hay un matiz importante: nombrar no es juzgar.
No es lo mismo decir:
- “Estás enfadado”
que - “Estás enfadado por una tontería”
O:
- “Veo que estás muy triste”
que - “No llores, no es para tanto”
Cuando juzgamos, el niño aprende que ciertas emociones no son bienvenidas.
Cuando nombramos con calma, aprende que sentir no es un problema.
Nombrar emociones no significa permitir cualquier conducta. Un niño puede estar muy enfadado y aun así no poder pegar o romper cosas. La diferencia está en separar claramente:
- la emoción, que es válida
- la conducta, que puede necesitar un límite
Frases simples funcionan mejor que explicaciones largas:
- “Estás enfadado porque no salió como querías”
- “Te dio tristeza cuando se fue”
- “Te asustaste con el ruido”
Con el tiempo, esas palabras externas se convierten en palabras internas.
Y un niño que puede reconocer lo que siente tiene muchas más herramientas para atravesarlo sin desbordarse.
3. Valorar el esfuerzo más que el resultado
Muchos niños empiezan a medir su valor muy pronto, incluso antes de saber explicarlo. Lo hacen a través de cómo reaccionamos cuando algo les sale bien… o cuando no.
Cuando el foco está solo en el resultado – ganar, acertar, terminar rápido, hacerlo “bien” – el mensaje que reciben es claro: valgo cuando lo consigo.
Pero la resiliencia se construye en otro lugar.
Valorar el esfuerzo significa poner atención en:
- el intento
- la constancia
- la curiosidad
- el proceso, incluso cuando no llega al resultado esperado
Un dibujo torcido, una torre que se cae, una letra mal hecha… pueden ser momentos de aprendizaje o de desánimo, según cómo los acompañemos.
Frases como:
- “Qué listo eres”
- “Mira qué bien te salió”
pueden parecer positivas, pero a veces atan la autoestima al éxito.
En cambio, cuando decimos:
- “Has seguido intentando aunque era difícil”
- “Te tomaste tu tiempo”
- “No te rendiste a la primera”
el niño empieza a asociar su valor con lo que hace, no solo con lo que logra.
Esto no significa dejar de celebrar los resultados. Significa no convertirlos en la única medida.
Un niño que se siente reconocido por su esfuerzo se atreve más:
- a probar
- a equivocarse
- a volver a intentarlo
Y esa disposición a intentarlo de nuevo es una de las bases más sólidas de la resiliencia emocional.
4. Acompañar los errores sin dramatizarlos
Para muchos niños pequeños, equivocarse no es solo fallar en algo. Es sentir que han hecho algo mal… o que ellos están mal. Esa interpretación nace, casi siempre, de cómo reaccionamos los adultos.
Un vaso que se cae, una palabra mal dicha, una norma olvidada.
Errores cotidianos, pequeños, inevitables.
Cuando el error provoca tensión, reproche o urgencia, el niño aprende que equivocarse es peligroso. Y ahí la resiliencia se debilita.
Acompañar sin dramatizar no significa ignorar lo ocurrido. Significa bajar la carga emocional del momento.
En lugar de:
- “¡Mira lo que has hecho!”
- “Siempre te pasa lo mismo”
- “Tenías que haber tenido más cuidado”
podemos movernos hacia:
- “Se ha caído”
- “Vamos a limpiarlo juntos”
- “La próxima vez lo intentamos de otra manera”
El tono importa tanto como las palabras.
Cuando el adulto se mantiene sereno, el niño aprende que el error:
- no define quién es
- no rompe el vínculo
- tiene solución
Así, equivocarse deja de ser algo que hay que esconder o evitar a toda costa, y pasa a ser parte del proceso.
Los niños resilientes no son los que no se equivocan. Son los que no se hunden cuando lo hacen, porque saben que el error no los aleja del acompañamiento ni del afecto.
5. Dar espacio para resolver pequeños problemas solos
Hay una diferencia sutil entre ayudar y adelantar soluciones. En la infancia, muchas veces intervenimos antes de que el niño tenga la oportunidad de intentarlo.
No por desconfianza, sino por prisa.
Pero la resiliencia necesita experiencias reales de competencia: momentos en los que el niño descubre que puede pensar, probar y encontrar una salida por sí mismo.
Pequeños problemas cotidianos son perfectos para eso:
- un zapato que no entra
- una pieza que no encaja
- decidir con qué jugar
- resolver un desacuerdo simple
Dar espacio no es mirar desde lejos sin importar. Es estar disponibles sin dirigir.
A veces basta con:
- esperar unos segundos más
- preguntar en lugar de decir
- observar sin corregir
Frases como:
- “¿Qué crees que podrías hacer?”
- “Prueba otra vez”
- “Estoy aquí si me necesitas”
abren espacio sin presionar.
Cuando el niño logra resolver algo, aunque sea de forma imperfecta, ocurre algo importante: la confianza se fortalece desde dentro.
No porque todo salga bien, sino porque descubre que puede enfrentarse a una dificultad y avanzar.
Y esa sensación de yo puedo intentarlo es uno de los cimientos más sólidos de la resiliencia emocional.
6. Cuidar el clima emocional del hogar
La resiliencia no crece en el vacío. Se construye dentro de un clima emocional que el niño respira todos los días, aunque nadie lo nombre.
Los niños pequeños son especialmente sensibles al ambiente:
- al tono de voz
- a las prisas constantes
- a la tensión no expresada
- al estado emocional de los adultos
No necesitan entender lo que ocurre para sentirlo.
Un hogar emocionalmente seguro no es un hogar sin enfados, cansancio o estrés. Es un hogar donde las emociones no dominan el espacio y donde, incluso cuando algo se desordena, hay posibilidad de volver a la calma.
Cuando el clima es constantemente tenso, el niño invierte mucha energía en protegerse.
Cuando el clima es predecible y relativamente sereno, puede usar esa energía para crecer.
Cuidar el clima emocional no significa hacerlo todo perfecto. Significa prestar atención a pequeñas cosas:
- cómo entramos en casa
- cómo hablamos cuando estamos cansados
- cómo reparamos después de un mal momento
A veces, un simple “perdón, estaba muy nervioso” tiene más impacto que cualquier discurso educativo.
Los niños aprenden resiliencia observando cómo los adultos:
- atraviesan emociones difíciles
- se regulan
- se equivocan y reparan
Ese modelo silencioso les enseña algo esencial: las emociones no controlan la casa.
Y cuando el entorno se siente seguro, el niño se atreve a sentir… y a recuperarse.
7. Recordar que la resiliencia se construye con vínculo, no presión
A veces confundimos resiliencia con exigencia. Creemos que empujar un poco más hará al niño más fuerte, más independiente, más capaz. Pero en la infancia ocurre justo lo contrario.
La resiliencia no nace de la presión. Nace del vínculo.
Un niño se atreve a enfrentar lo difícil cuando sabe que, si algo sale mal, no pierde el apoyo del adulto. La seguridad emocional es lo que le permite explorar, intentar, frustrarse y volver a probar.
Cuando el vínculo está claro:
- el niño se arriesga más
- tolera mejor el error
- se recupera antes de una emoción intensa
No porque “aguante”, sino porque se siente sostenido.
El apego seguro no vuelve a los niños dependientes. Les da una base firme desde la cual crecer.
Frases como:
- “Estoy contigo”
- “Te ayudo cuando lo necesites”
- “Confío en que puedes intentarlo”
no debilitan. Fortalecen.
La resiliencia se construye cuando el niño internaliza algo muy profundo: puedo enfrentar lo difícil sin perder el amor ni la presencia de quien me cuida.
Y desde ahí, poco a poco, empieza a hacerlo también solo.
Resiliencia no es dureza: es sentirse capaz y acompañado
Criar niños resilientes no consiste en prepararlos para no sentir, ni en endurecerlos frente al mundo. Consiste en algo mucho más humano: ayudarlos a confiar en que pueden atravesar lo que sienten sin quedarse solos en el proceso.
La resiliencia no se nota en los niños que nunca lloran.
Se nota en los que lloran… y luego encuentran la forma de volver a estar en calma.
Se construye en cientos de momentos pequeños:
- cuando no quitamos la frustración demasiado rápido
- cuando ponemos palabras sin juzgar
- cuando el error no rompe el vínculo
- cuando el hogar se siente emocionalmente seguro
Nada de esto ocurre de un día para otro. Y no necesita hacerse perfecto.
Si estás presente, si acompañas, si dudas y aun así sigues ahí, ya estás sembrando resiliencia.
Porque al final, lo que sostiene a un niño no es la dureza, sino la certeza de que, pase lo que pase, no tiene que enfrentarlo solo.
Fuentes y lecturas para profundizar
Las ideas que aparecen en este artículo están alineadas con enfoques ampliamente utilizados en el desarrollo infantil y la psicología de la infancia. Si quieres profundizar, estas fuentes ofrecen marcos claros y accesibles:
UNICEF
Publica guías y estudios sobre resiliencia infantil, apego seguro y bienestar emocional en la primera infancia, con enfoque práctico y familiar.
Center on the Developing Child at Harvard University
Referente internacional en neurodesarrollo infantil. Sus trabajos explican cómo los niños desarrollan regulación emocional a través de relaciones estables y seguras.
American Academy of Pediatrics
Ofrece recomendaciones basadas en evidencia sobre crianza, manejo de la frustración y desarrollo emocional en niños pequeños.
American Psychological Association
Difunde investigaciones sobre el impacto del tipo de acompañamiento adulto, el error y el refuerzo positivo en la resiliencia infantil.
Daniel J. Siegel
Psiquiatra infantil y divulgador, conocido por su trabajo sobre regulación emocional, apego y el papel del adulto como base segura.
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