Cuando un niño está desbordado, muchos adultos hacemos lo mismo casi sin pensarlo: explicamos. Decimos por qué no ha pasado nada, qué debería hacer o cómo podría sentirse mejor. Y aun así, el llanto sigue, el enfado crece o el niño se cierra más.

En esos momentos, no es que el niño no entienda lo que decimos. Es que explicar llega demasiado tarde. Antes de que el cerebro pueda escuchar razones, necesita sentirse reconocido. Por eso, algo tan simple como repetir lo que el niño siente suele calmar más que cualquier explicación bien intencionada.

Este artículo no va de dejar de hablar, sino de elegir qué palabras ayudan en cada momento.

Qué pasa cuando explicamos en pleno desborde

Cuando un niño está muy alterado y empezamos a explicarle lo que ocurre, solemos hacerlo desde un buen lugar. Queremos ayudarle a entender, a tranquilizarse, a que vea que no es para tanto. El problema es que ese tipo de ayuda llega cuando el niño aún no puede recibirla.

En un momento de desborde, el cuerpo del niño va por delante de la cabeza. Está tenso, activado, a la defensiva. No está preparado para procesar razones, consecuencias o alternativas. Por eso, aunque nuestras palabras sean correctas, no entran.

En esa situación, explicar suele provocar una de estas reacciones:

  • El niño llora más fuerte
  • Se enfada más
  • Se desconecta y deja de escuchar

No porque no quiera entender, sino porque su sistema todavía no está listo para hacerlo.

Aquí es donde muchos adultos se frustran. “Si se lo explico bien, debería calmarse”. Pero la calma no llega por comprensión lógica, llega por sentirse reconocido primero.

Explicar demasiado pronto suele añadir una capa más de exigencia: ahora, además de sentirse mal, el niño siente que debería entender algo. Y eso aumenta la presión.

Por eso, en pleno desborde, el problema no es qué decimos, sino cuándo lo decimos. Antes de entender lo que pasa, el niño necesita sentir que alguien ve lo que le pasa.

Cómo repetir sin forzar ni dramatizar

Repetir lo que siente un niño funciona mejor cuando se hace de forma sencilla y previsible. No requiere una técnica especial ni encontrar las palabras exactas. En el día a día, suele apoyarse en tres cosas muy básicas:

  • Frases cortas y reconocibles
  • Un tono estable y tranquilo
  • No tener prisa por cerrar la emoción

Las frases cortas ayudan porque no saturan. Cuando un niño está alterado, su capacidad para procesar información es limitada. Cuantas menos palabras tenga que sostener, más fácil es que se quede con lo esencial. A veces basta con una sola palabra o una frase muy simple, dicha tal cual sale. No hace falta cambiarla ni buscar algo más elaborado.

En la práctica, esas frases suelen ser muy directas:

  • “Esto te ha enfadado mucho”
  • “No querías que pasara así”
  • “Te ha dolido”
  • “Es demasiado ahora mismo”

No es necesario decirlas todas ni elegir la mejor. Una sola frase, repetida con calma si la emoción continúa, suele ser suficiente. El valor no está en la variedad, sino en la coherencia.

El tono suele pesar más que las palabras. Decir lo mismo de forma tranquila, sin elevar la voz ni dramatizar, transmite que la emoción cabe y no asusta. El niño percibe enseguida si el adulto está regulado o tenso, incluso aunque el contenido sea el mismo. A veces, el simple hecho de escuchar una voz estable ya empieza a bajar la intensidad.

También importa mucho lo que hacemos mientras repetimos. Estar cerca, ponerse a su altura, ofrecer contacto si el niño lo acepta, o simplemente compartir el espacio sin invadir. No para distraer ni para cortar la emoción, sino para sostenerla mientras pasa.

La repetición pierde fuerza cuando va seguida de prisa. Si enseguida añadimos una explicación, una solución o una instrucción, el niño lo nota. La emoción necesita su propio tiempo para asentarse antes de poder ir a otro lugar. No se trata de alargarla, sino de no empujarla fuera demasiado pronto.

En muchos casos, repetir funciona así de simple: decir la frase, esperar, y volver a decirla si hace falta. Sin añadir nada más. A veces la emoción baja, otras no. Pero incluso cuando no hay un cambio visible, el mensaje ya ha llegado: no tengo que atravesar esto solo.

Para quedarse con una idea clara

Cuando un niño está desbordado, no necesita entender lo que le pasa para empezar a calmarse. Necesita sentir que alguien ve lo que le pasa y no intenta cambiarlo de inmediato. La repetición sirve justo para eso: para acompañar antes de explicar, para estar antes de corregir.

Explicar tendrá su momento, y suele funcionar mucho mejor cuando la emoción ya ha bajado. Pero en pleno desborde, repetir con calma suele ser suficiente para que el niño no se sienta solo con lo que siente.

No hace falta hacerlo perfecto ni decir siempre lo mismo. Basta con estar ahí, poner palabras sencillas y no tener prisa. Con el tiempo, ese tipo de acompañamiento va dejando algo muy importante: la sensación de que las emociones pueden vivirse sin miedo y sin perder el vínculo.

Y eso, aunque no siempre se note en el momento, es una de las bases más sólidas de la regulación emocional.

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