Cuando las rabietas aparecen, una de las preguntas más difíciles no es qué hacer en el momento, sino hasta qué punto preocuparse. No suele decirse en voz alta, pero muchos padres lo piensan después de una escena concreta: ¿esto entra dentro de lo normal o debería consultar con alguien?

Este texto no pretende diagnosticar ni etiquetar. Sirve para poner ejemplos claros que ayuden a situar lo que estás viviendo.

Que sea normal no significa que sea fácil

Las rabietas forman parte del desarrollo infantil, especialmente en los primeros años. Que sean normales no quiere decir que se vivan con tranquilidad.

Por ejemplo:
un niño de dos años que, al salir del parque, llora fuerte, se tira al suelo, grita “no” varias veces y necesita diez o quince minutos para calmarse mientras el adulto se queda cerca. Cuando pasa, vuelve a caminar o acepta irse en brazos.

Esa escena, aunque intensa y agotadora, entra dentro de lo habitual.

Lo mismo ocurre con un niño que llora desconsoladamente porque no puede ponerse los zapatos solo, se enfada, los lanza y necesita tiempo para recomponerse antes de seguir. No es agradable, pero es esperable.

La normalidad no se mide por lo mal que se pasa, sino por cómo se desarrolla y se cierra la situación.

La edad marca el marco general

Entre los dos y los cuatro años, las rabietas son frecuentes porque el niño quiere hacer muchas cosas para las que todavía no está preparado emocionalmente.

Un ejemplo típico:
un niño de tres años que se enfada cada mañana al vestirse, protesta, llora y se resiste, pero una vez superado ese momento continúa el día con normalidad.

O un niño que tiene rabietas al final de la tarde, cuando ya está cansado, pero no durante el resto del día.

Aunque estas situaciones se repitan durante semanas o meses, suelen ir cambiando poco a poco. Quizá la rabieta sigue apareciendo, pero dura menos, o el niño se recupera antes. Esa evolución es una señal positiva.

En qué fijarse más allá del llanto

Más que el volumen del llanto, conviene mirar cómo son las rabietas en conjunto.

Duración.
Una rabieta que dura cinco, diez o incluso quince minutos y luego baja es muy distinta de otra que se alarga durante cuarenta minutos o más de forma habitual, sin señales claras de descenso.

Frecuencia.
No es lo mismo un niño que tiene una rabieta intensa algunos días que otro que parece desbordado casi constantemente: al vestirse, al comer, al salir, al jugar, al dormir. Cuando el desborde ocupa gran parte del día, conviene observar con más atención.

Recuperación.
Después de una rabieta, muchos niños vuelven poco a poco a lo que estaban haciendo, buscan brazos, se quedan tranquilos o retoman el juego. Cuando, en cambio, el niño queda atrapado durante mucho tiempo, sigue alterado o no logra volver a un estado más calmado, ese dato es relevante.

Contexto.
También importa cuándo y dónde aparecen las rabietas. No es lo mismo que surjan en momentos previsiblemente difíciles que en situaciones tranquilas, sin un desencadenante claro.

Por ejemplo, es habitual que un niño tenga rabietas al final del día, cuando está cansado; en las transiciones, como al salir de casa, apagar la tele o irse del parque; o cuando hay cambios de rutina, como un viaje, una visita o una noche de mal dormir. En estos casos, el desborde suele tener un contexto reconocible.

Distinto es cuando las rabietas aparecen incluso en momentos calmados: durante un juego tranquilo, mientras se dibuja, al sentarse a comer sin que haya prisa, o nada más despertarse sin señales evidentes de cansancio o frustración. Cuando el desborde surge una y otra vez sin que el entorno lo explique, conviene observar con más atención qué está pasando.

El contexto no da respuestas por sí solo, pero ayuda a distinguir entre un sistema emocional sobrecargado por el momento y una dificultad más persistente para regularse.

Señales que invitan a consultar (sin alarmismo)

Hay situaciones en las que pedir orientación puede ser útil.

Por ejemplo:

  • un niño que tiene rabietas muy largas varias veces por semana y no muestra cambios con el tiempo,
  • episodios en los que se golpea la cabeza contra el suelo o se hace daño con frecuencia durante el desborde,
  • rabietas tras las cuales queda completamente agotado o desconectado durante largos periodos,
  • o un niño que, junto a las rabietas, deja de hablar como antes, duerme mucho peor o muestra cambios importantes en su comportamiento habitual.

Consultar en estos casos no significa que exista un problema grave. Muchas veces ayuda a entender mejor qué está ocurriendo y cómo acompañarlo.

El malestar del adulto también es una señal

A veces la señal no está solo en el niño, sino en cómo empieza a vivirse el día a día como adulto.

Por ejemplo, cuando por la mañana ya estás pensando en qué momento puede complicarse todo: al vestirlo, al salir de casa, al apagar la tele, a la hora de comer. No porque quieras controlarlo todo, sino porque sabes que cualquier cosa pequeña puede encender algo grande.

O cuando te descubres eligiendo las palabras con cuidado para decir cosas normales: “vamos a lavarnos las manos”, “es hora de irnos”, “ahora no”. No porque dudes del límite, sino porque estás cansado de gestionar otra explosión.

También pasa cuando empiezas a evitar planes sencillos. No ir al parque “por si acaso”. No entrar a una tienda porque sabes que salir puede acabar mal. No quedar con alguien porque no tienes energía para sostener una rabieta delante de otros.

Y a veces se nota en cosas muy pequeñas: negociar más de lo que te gustaría, ceder antes de tiempo, o hacer excepciones que no harías en otro momento, simplemente porque no te quedan fuerzas.

Ese estado de alerta constante, ir con cuidado todo el día para que nada se desborde, también es una señal importante. No dice que estés fallando como madre o padre. Dice que acompañar así cansa, y que ese cansancio también merece ser escuchado y compartido.

Consultar no es rendirse

Pedir ayuda no significa etiquetar al niño ni asumir que algo va mal. A veces basta con hablar con un pediatra, una orientadora o un profesional que ayude a situar la etapa y revisar qué está pasando.

Consultar no es una derrota. Es una forma de cuidado.

Normalidad y cuidado pueden ir juntos

La mayoría de las rabietas forman parte del desarrollo y cambian con el tiempo. Otras necesitan un poco más de acompañamiento. Ambas cosas pueden convivir sin dramatismo.

Entender cuándo una rabieta es normal y cuándo conviene pedir ayuda no busca tranquilizar a toda costa, sino dar criterio. Porque cuando hay criterio, la preocupación deja de ser ruido y se convierte en cuidado.

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