Hay una frase que muchos padres repiten sin pensar demasiado: “Se está portando mal”. A veces la decimos cansados, otras frustrados, otras simplemente porque no encontramos una mejor. Pero detrás de esa frase suele haber una situación más compleja de lo que parece.

Un niño que grita, pega, desafía o se niega a colaborar no suele estar intentando fastidiar a nadie. En la mayoría de los casos, está expresando una emoción que no sabe manejar de otra manera. El comportamiento es lo visible. La emoción es lo que empuja desde dentro.

Mirar lo que hay detrás no significa justificarlo todo. Significa entender antes de intervenir.

La conducta es una señal, no el origen

Cuando un niño se “porta mal”, tendemos a centrarnos en lo que hace: el grito, el golpe, la desobediencia. Es normal, porque es lo que nos afecta directamente. Pero la conducta rara vez es el punto de partida. Es la forma que encuentra el niño de comunicar algo cuando no tiene mejores herramientas.

Detrás de un comportamiento difícil suele haber una emoción intensa: frustración, miedo, tristeza, celos, cansancio. A veces incluso varias a la vez. El niño no piensa “voy a portarme mal”, sino “esto me supera”.

Qué ayuda aquí es cambiar la pregunta interna. En lugar de “¿por qué hace esto?”, empezar por “¿qué puede estar sintiendo?”. Ese pequeño giro cambia mucho la forma en que respondemos.

Frustración: cuando querer no es poder

La frustración es una de las emociones que más fácilmente se transforma en conducta desafiante. Aparece cuando el niño quiere algo —hacerlo solo, decidir, seguir jugando— y no puede, no sabe o no se le permite.

En los niños pequeños, la frustración se vive de forma total. No hay perspectiva ni espera. El cuerpo se llena de tensión y la reacción puede ser gritar, tirar cosas o negarse a todo.

Qué ayuda aquí no es eliminar la frustración, sino acompañarla sin añadir más presión. Mantener el límite con calma suele regular más que intentar convencer o explicar demasiado en caliente.

Miedo: cuando el cuerpo se defiende

El miedo no siempre se presenta como llanto o búsqueda de consuelo. A veces aparece como oposición, enfado o rigidez. Un niño que se niega a entrar en un sitio, a separarse o a hacer algo nuevo puede estar reaccionando desde el miedo, aunque no lo diga así.

Cuando el cuerpo percibe amenaza, real o imaginada, se activa la defensa. Y la defensa no razona.

Qué ayuda aquí es bajar el ritmo y ofrecer seguridad antes que exigencia. El miedo no se corrige con argumentos, sino con presencia y previsibilidad.

Tristeza: cuando no sabe salir

La tristeza en los niños no siempre se ve como esperamos. No siempre hay llanto. A veces se transforma en enfado, apatía, irritabilidad o conductas que desconciertan.

Un niño triste puede parecer “difícil”, cuando en realidad está intentando protegerse de algo que le duele y que no sabe expresar.

Qué ayuda aquí es no exigir buen humor ni normalidad inmediata. Dar espacio, sin aislar, suele permitir que la emoción encuentre salida con el tiempo.

Cansancio y sobrecarga: emociones que no se ven

Muchas conductas que interpretamos como mala actitud tienen que ver con cansancio físico o emocional. Demasiados estímulos, demasiadas demandas, pocos momentos de pausa.

El cuerpo del niño dice basta antes de que él pueda explicarlo.

Qué ayuda aquí es revisar el contexto más que el comportamiento puntual. A veces no hace falta corregir nada, sino reducir estímulos y acompañar el descanso.

Acompañar no es permitir todo

Entender la emoción detrás de la conducta no significa permitir cualquier cosa ni renunciar a los límites. Los límites siguen siendo necesarios, pero cambian de sentido cuando se colocan desde la comprensión y no desde el castigo.

Un límite puesto con calma, después de reconocer la emoción, se vive de forma muy distinta que uno impuesto desde el enfado.

Qué ayuda aquí es separar emoción y conducta: validar lo que el niño siente sin validar lo que hace. No es fácil, pero es una distinción clave.

Mirar detrás cambia la relación

Cuando empezamos a mirar qué hay detrás del “portarse mal”, la crianza deja de ser una lucha constante. No porque los comportamientos desaparezcan, sino porque dejan de vivirse como ataques personales.

El niño no está contra nosotros. Está atravesando algo que todavía no sabe manejar.

Y nosotros no tenemos que hacerlo perfecto. Solo necesitamos estar lo suficientemente disponibles como para ver más allá de la conducta y acompañar lo que realmente está pasando.

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