Enseñar emociones a un niño no es sentarse frente a él y explicarle lo que siente, ni ponerle nombre a todo lo que le pasa como si eso fuera suficiente. Eso es algo que podemos hacer con un adulto, pero con los niños funciona de otra manera.

En la infancia, las emociones no se enseñan primero con palabras. Se viven, se repiten, se acompañan. A veces se nombran, otras veces no, y muchas veces lo más importante no es lo que decimos, sino que el niño sienta que no está solo cuando algo le desborda.

Durante los primeros años, un niño no necesita entender lo que le pasa. Necesita sentir que hay alguien cerca que no se asusta de lo que está sintiendo. Curiosamente, esto suele tranquilizar tanto a los niños como a los adultos, porque nos quita una presión enorme: no tenemos que hacerlo bien todo el tiempo, solo estar disponibles de forma suficiente.

Eso no significa que acompañemos igual a cualquier edad. No porque el niño “deba saber más”, sino porque su cerebro puede sostener cosas distintas en cada etapa, y nuestra forma de estar con él tiene que adaptarse a eso.

De 0 a 2 años: sentir antes que entender

Un bebé no distingue entre tristeza, miedo o frustración. No separa emociones ni puede reconocerlas como estados distintos. Lo único que distingue es si se siente seguro o no.

Cuando llora, no está expresando una emoción concreta ni intentando comunicar algo complejo. Está diciendo algo mucho más básico: esto me supera y no puedo manejarlo solo.

En esta etapa no se enseñan emociones con explicaciones ni con frases tranquilizadoras dichas desde fuera. Se enseñan a través de gestos que se repiten una y otra vez: unos brazos que sostienen, una voz que no se altera, una presencia que no desaparece cuando el llanto es intenso.

Aquí se forma la base emocional más importante de todas, aunque no siempre seamos conscientes de ello: la experiencia de que, cuando me siento mal, alguien viene. Ese aprendizaje no se olvida, y todo lo demás se construye encima de él con el tiempo.

De 2 a 3 años: cuando aparecen las tormentas

Entre los dos y los tres años empiezan a aparecer las rabietas, y muchas veces se viven como algo inesperado o exagerado. No ocurren porque el niño sea más difícil, sino porque empieza a sentir más cosas de las que puede manejar.

Ya hay deseo, ya hay frustración, ya hay un “yo quiero” muy fuerte, pero todavía no hay control emocional ni lenguaje suficiente para regular todo eso. El desajuste es inevitable.

En esta etapa, enseñar emociones no consiste en pedir calma ni en esperar que el niño se tranquilice solo. Consiste, sobre todo, en prestar nuestra propia calma mientras la suya no está disponible.

A veces poner palabras ayuda, pero solo si van acompañadas de presencia real. Decir “veo que estás muy enfadado, estoy aquí” no sirve para cortar la emoción ni para que deje de llorar rápido, sino para que el niño empiece a aprender algo fundamental: puedo sentir cosas muy intensas sin perder a la persona que quiero.

De 3 a 5 años: poner palabras al caos

Entre los tres y los cinco años empieza a cambiar algo importante. El niño puede empezar a reconocer lo que siente, aunque todavía no sepa gestionarlo bien ni hacerlo desaparecer cuando le incomoda.

En esta etapa ya no basta solo con contener. Poco a poco, también podemos ofrecer lenguaje, siempre de forma sencilla y conectada con lo que el niño está viviendo en su cuerpo. No hacen falta discursos ni explicaciones largas, sino frases breves que se repiten y que ayudan a dar forma a la experiencia: “tu cuerpo está muy tenso”, “eso que sientes se llama enfado”, “el enfado viene y luego se va”.

A esta edad, las emociones se entienden mucho mejor cuando se juegan, se dibujan o se representan, que cuando se explican como si fueran conceptos abstractos. El adulto sigue siendo el ancla emocional, pero el niño empieza a construir su propio mapa interno, con ayuda, ensayo y error.

De 5 a 7 años: empezar a mirar hacia dentro

Entre los cinco y los siete años muchos padres se confunden, y es comprensible. El niño habla mejor, razona más y parece mayor, y sin darnos cuenta le pedimos un nivel de control emocional que todavía no tiene del todo desarrollado.

En esta etapa, enseñar emociones no significa corregirlas ni analizarlas en el momento en que ocurren. De hecho, suele funcionar mucho mejor hacerlo después, cuando la emoción ya pasó y el cuerpo volvió a un estado más tranquilo.

No durante el enfado, no en caliente. Después.

Aquí las preguntas simples suelen ayudar más que las explicaciones largas. Preguntas como “¿qué fue lo más difícil para ti?”, “¿qué te ayudó un poco?” o “¿qué podríamos probar la próxima vez?” empiezan a sembrar algo muy valioso: la idea de que las emociones dicen cosas sobre nosotros y nuestras necesidades, y que no son un problema que haya que eliminar.

Lo que realmente importa, a cualquier edad

No hay una edad correcta para sentir bien, ni niños que vayan “adelantados” emocionalmente. Lo que sí hay son niños acompañados y niños que aprenden a esconder lo que sienten para no molestar.

La educación emocional no va de criar niños tranquilos todo el tiempo. Va de criar niños que no se rompen por dentro para parecerlo. Y eso, independientemente de la edad, empieza siempre en el mismo lugar: un adulto que no huye de las emociones difíciles, ni de las del niño ni de las suyas propias.

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